Hace dos años nos mudamos de casa y ahora vivimos muy cerca del restaurante italiano Dolce Vita. Por supuesto la primera vez que fui, pedí lasaña, la segunda y tercera vez también, pero después decidí que no quería pedir lasaña siempre, quería probar todo porque se escuchaba simplemente delicioso.
Después de degustar varios platillos como tagliatelle al salmone, ravioli quatre formaggios, bruschetta al pomodoro, pizza capricciosa, insalata caprese y por supuesto muchos tiramisús, decidí que era hora de volver a pedir una lasaña.
Para mi desilusión, no había. La siguiente vez pedí nuevamente lasaña y mi hijo también, pero otra vez nos dijeron que se había terminado. La tercera vez volvimos a intentarlo y nuevamente no tuvimos éxito. Entonces pregunté qué pasaba, no podía creer que tuviéramos tan mala suerte.
El dueño italiano me explicó cantinfleando en alemán que no preparaba lasaña porque si hacía una, después todos la empezaban a pedir y no le quedaba suficiente salsa boloñesa para preparar otros platillos y además ni siquiera alcanzaba a cocinar otros platillos porque todos querían sólo lasaña.
Lo miré con cara de what y con el corazón tranquilo. Me tranquilizó saber que Garfield, mi hijo y yo, no somos las únicas personas que adoran la lasaña, pero, o sea, ¿cómo? ¿No hace lasaña porque si la hace se acaba? ¿No hace lasaña porque se vende muy bien? ¿O es que él puso más atención que yo en la clase de economía y entendió mejor el concepto de frontera de posibilidades de producción?
Lo que yo opino señor Chef Sebastiano es que usted está manipulando la escasez de la lasaña para afectar el punto de equilibrio de las curvas de la oferta y la demanda y de esta forma hacerme suplicarle que me vuelva a preparar una deliciosa y riquísima lasaña.
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