Antes de cumplir los 20 años me prometí algo pensando en mí y en mi esposo. En aquel entonces todavía no sabía cuándo ni con quién me casaría. Pero un curso de yoga me llevó a la siguiente reflexión.
Nunca me ha gustado hacer ejercicio, aún así he tomado diversos cursos intentando encontrarle el lado divertido al deporte. Cuando fue la huelga de la UNAM, tenía mucho tiempo libre y me inscribí a un curso de yoga. Las clases eran todas las mañanas y había varias instructoras que se iban turnando según el día y la hora. Estaba la instructora voluptuosa tipo Pamela Andersen, la instructora mayor mal encarada, la instructora bonachona regordeta y la instructora joven estudiante. Los asistentes eran en su mayoría amas de casa con varias décadas de edad. Mujeres de clase media que decidieron tomar una actividad para distraerse un poco o para hacer algo bueno por su salud. Mujeres casadas, con hijos y dedicadas al hogar.
La clase se dividía en 3 partes: ejercicios de calentamiento, baño con agua fría y posturas de yoga. Para los ejercicios todos usabamos ropa holgada y cómoda. Nadie llevaba ropa de marcas conocidas. Para las posturas usabamos ropa blanca por aquello de la energía y buena vibra. Los ejercicios de calentamiento me ayudaron a bajar algunos kilitos, los ejercicios de yoga me ayudaron para aumentar mi elasticidad, pero bañarme con agua fría no me gustó, Todos los beneficios físicos disminuyeron en cuanto dejé de ir a las clases. Pero lo que ví en los vestidores se quedó en mi memoria para siempre.
Las mujeres, esas mujeres que me hicieron reflexionar, se camuflageaban durante la clase. Al llegar, todavía adormiladas, no lucían su mejor lado. Al salir, todas se veía bien, algunas mejor que otras, pero todas arregladas, bien peinadas, algunas maquilladas, todas listas para empezar el día. En los vestidores es dónde me di cuenta de que no quería ser como ellas cuando tuviera su edad y mucho menos cuando estuviera casada. Todas se avergonzaban de sus cuerpos, hacían grandes malabares con sus enormes toallas tratando de cubrirse mientras se desvestían o se vestían. En ropa interior se sentían un cuanto protegidas, pero desnudas no sabían ni a dónde mirar. Si bien sus cuerpos dejaban ver el paso del tiempo, lo que a mí me impactó fue su ropa interior. ¿Cómo podían usar esas prendas matapasiones, tan viejas, a veces descosidas y que en la mayoría de los casos no combinaban? ¿Cómo podían presentarse al mundo de una forma y ante sus maridos de otra? En aquel momento me prometí a mí misma que trataría de usar ropa interior presentable todos los días de mi vida.
Al llegar a Dresden, Alemania, noté que las personas no se arreglan tanto como en Mexico. Predomina la moda de la comodidad y el que me importa. Pareciera que las mujeres se esmeraran en usar prendas que definitivamente no combinan y entre menos femeninas se vean se sienten mejor. La mayoría de las mujeres en Dresden no mueren por una bolsa Louis Vuitton, ni por cambiar su guardaropa cada temporada. Escogen ropa multifuncional, apta para todo tipo de clima. Compran una chamarra Jack Wolfskin para estar bien preparadas tanto en la ciudad como en las montañas durante varios años. Escogen una mochila Deuter y unas botas Lowa para completar su atuendo. Claro que no todas son así. También están las darks, las hippies, las fashion, etc. Pero lo que siempre imaginaba con horror, sobre todo de esas que escogen ropa outdoor, era su ropa interior.
Ya casada, fui a un gimnasio. Ir regularmente se convirtió en un martirio y comprobé una vez más que la rutina deportiva no es lo mío. Pero esa experiencia me dio la oportunidad de conocer a las mujeres de Dresden desde otro punto de vista. En los vestidores había mujeres de todas las edades. Había estudiantes, profesionistas, amas de casa, pensionadas, etc. Pero todas ellas eran mujeres que no se avergonzaban de su aspecto físico. Se encremaban todo el cuerpo sin importar quién estuviera a su lado. Usaban la toalla sólo para secarse y no para esconderse. Lo que más me asombró fue su ropa interior, siempre combinada y en buen estado, abarcando todos los estilos, desde el cómodo y deportivo hasta la lencería más sexy. Esas mujeres que, desde mi punto de vista, necesitaban algunos consejos de moda en lo que al exterior se refiere, cambiaron en mi mente el significado de la frase: “Lo importante es lo de adentro”.
Yo por si las dudas, todas las noches cuando pienso que me voy a poner al siguiente día, pienso en TODO lo que me voy a poner al siguiente día, tratando siempre de cumplir aquella promesa que me hice en los vestidores del curso de yoga.
7/6/14
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